10/9/14

Larga vida a la reina, Neminis Terra

Bueno, antes de que leáis esto os advierto de que yo no sé escribir fantasía y los relatos cortos se me dan mal. Me apunté al proyecto Neminis terra para superarme un poco a mí misma y hacer cosas que no he hecho antes. El relato no es muy bueno pero por algo se empieza, ¿no? Ya sabéis que yo soy más de realismo. No me juzguéis. Os prometo que la próxima vez lo haré mejor pero acabo de terminar recuperaciones así que me pude poner con ello el lunes. Bueno, aquí va el relato:


Querida Alyson:

Me habría encantado pasar el decimoctavo día de tu nombre en casa, disfrutando de una buena comida y cantando esas canciones que no podíamos dejar de tatarear de niños. De verdad que me gustaría, daría cualquier cosa por hacer eso. Pero no puedo.  Sé que te lo prometí pero me ha sido imposible ir. Siento haberte dejado en esa casa llena de niños y a cargo de esa señora tan horrible que no deja de decirte que nadie te querrá. Por cierto, no le hagas caso.

Bueno, voy al grano. ¿Recuerdas aquel lugar en el que nos escondíamos de niños? Sí, el que está tras la montaña de hielo. Seguro que te acuerdas de esa vieja cabaña de piedra donde fingíamos que tú eras una princesa y yo te rescataba de tu torre. Te conozco, y estás sonriendo. Pero esa sonrisa se te va a quitar pronto de la cara porque voy a decirte algo que no te va a gustar nada.

Quiero que salgas corriendo de esa casa ahora mismo. Huye. ¿Te acuerdas de lo que te decía cuando eras pequeña? Siempre te decía que, cuando corrieras, tenías que hacerlo sin mirar atrás, olvidándolo todo, ignorando tu pasado y yendo a por tu futuro. Bien, pues debes hacer eso. Nada más terminar esta carta quiero que la quemes, corras a tu cuarto y te pongas una ropa con la que puedas correr, coge alguna provisión y sal corriendo hasta esa cabaña. No pares. Te lo digo en serio, no pares Aly, por favor. Prométemelo.  Ignora a la directora de ese centro. Da igual que intente detenerte. Tú corre, no dejes que nadie te pare. 

Nos encontraremos en esa cabaña en cuatro días. Yo trataré de ir en cuanto pueda. Juro que estaré ahí. Seguramente te preguntarás por qué. No puedo contártelo por aquí. En la guardia del rey he escuchado cosas. Malas, horribles. 

Van a matarte, Alyson. Así que, por favor, trata de escapar. 

Te esperaré. Siempre. Recuerda que te quiero y te querré toda mi vida.

Byron.

Alyson hizo caso a aquella carta. En cuanto se la mandó ella se apresuró a hacerle caso, incluso se cortó el pelo con un cuchillo bastante rudimentario. Se esforzó en parecer un hombre, para que nadie en el pueblo la reconociera. Claro, que no podía hacer mucho con su pelo rubio, tan rubio que parecía blanco. La vieja Madison, dueña de la taberna del pueblo, siempre le decía que eso indicaba que era alguien importante, le decía que sus padres seguramente habrían sido grandes personas. También solía añadir que hacía años que no veía ese color de pelo, solo conocía a una señora que tuviera ese cabello tan extraño.

-Era de la realeza –le contaba casi susurrando, para que nadie la oyera-. La pobre tuvo que huir de palacio porque su hermano, el actual gobernante, la quería muerta.


-¿Y qué pasó con ella?

-Unos dicen que tuvo una hija con un campesino, otros que murió, y otros que sigue viva en algún lado.

-¿Y usted?

-Yo creo que ronda una princesita por algún lado y, cuando menos nos lo esperemos, tomará lo que es suyo, si no la matan, –me confesaba, aún más bajo-, pero hagamos que no he dicho eso o me colgarán.
 
Ahora, sentada en el suelo de la vieja cabaña, no podía dejar de pensar en aquellas palabras. “Una princesita ronda por algún lado”. Se repetía una y otra vez que lo que su amigo le había dicho no tenía nada que ver con ella, que no era esa chica que tanto buscaba el rey. Y es que, si algo sabía el reino entero, era que el rey Alexander III llevaba 16 años buscando a una chica, pero jamás la había encontrado. Era una leyenda. Y si…

-No seas tonta, Alyson, tú no eres la princesa –se dijo, tratando de convencerse a sí misma-. Es imposible.

Atreviéndose a salir de la cabaña, la chica se quedó apoyada en la puerta observando el valle que tan buenos recuerdos le traía. Aún se acuerda de aquellas noches en vela con Byron, mientras él le contaba historias de gigantes, de hombres lobo y de monstruos aún más temible. Siempre le decía “un día verás a un dragón volar por aquí”. Ella siempre se reía, sin poder creérselo, aunque la jefa del orfanato siempre le decía lo mismo:

-Los viejos tiempos eran mejores, los mocosos como vosotros habríais sido una buena comida para los dragones del rey, una pena que enfermaran y murieran –siempre los observaba después con una mueca desagradable.

Algo que le había llamado la atención siempre es que, cada vez que venían visitas, la vieja Transal le pedía que se escondiera y que no saliera hasta que se lo dijera. Siempre había pensado que era porque no quería dar mala fama al orfanato, pues las chicas diferentes no eran bien acogidas, y siempre que salía fuera se preocupaba por taparse su cabello con una capa, pero quizás había otra razón. Después de todo, cada vez que tocaban la puerta Transal parecía atemorizada y cuando veía que no era la guardia real  suspiraba con alivio. Alyson pensaba que era porque había vuelto a robar algo algún chico del centro pero quizás, y solo quizás, era porque la escondía a ella.

-Tú no eres la princesa, Alyson, y has hecho el idiota aquí porque Byron no va a venir –se dijo, rindiéndose, pero en cuanto se dio la vuelta oyó los cascos de un caballo.

Asustada, se metió en la cabaña y cerró la puerta, ventanas, y se escondió en un rincón, tapándose con mantas, después de todo le había dicho en la carta que le iban a matar. Byron llevaba dos días retrasado, seguramente estaría muerto o dormido en su cama.

Los cascos pararon y, esta vez, se oyeron pisadas, que poco a poco se iban acercando a la puerta. Después de  unos segundos de silencio, el desconocido tocó la puerta. Dos. Tres. Cinco veces. Y, para terminar, gritó:

-¡Mocosa, sé que estás ahí dentro! –gritó la inconfundible voz de su amigo-. Como no abras la puerta te prometo que te voy a tirar al lago helado, estoy cansado y necesito sentarme unos minutos.

Sonriente y libre de temor, la rubia se levantó para abrir la puerta y echarse a sus brazos. Se abrazaron con fuerza, como dos amigos que llevaban años sin verse y una pareja que se había echado infinitamente de menos. Llevaban demasiado tiempo sin verse y se notaba. Acostumbrados a estar juntos día tras día, se notaba mucho la ausencia de ambos en sus vidas, sobre todo porque ambos se necesitaban con locura.

Tras pasarse unos minutos en silencio y sin separarse ni unos milímetros, Alyson le arrastró dentro y le obligó a sentarse para darle de comer el poco alimento que tenía. Obviamente, ella quería hacerle mil preguntas pero, para ello, necesitaba que su amigo estuviera alimentado y descansado. O al menos, sentado.

-Quieren matarte –decía entre bocado en bocado-. Les oí decirlo cuando tenía una guardia.

-¿Por qué? –preguntó mientras se sentaba a su lado.

-Dijeron que tú eras la hija de la reina Clarisse, la desaparecida –contestó con simpleza.

-No puede ser, ¿cómo saben eso?

-Tu pelo, dijeron que vieron a una chica con el pelo igual que la reina cuando vinieron a buscarme, y que solo tenía una explicación.

-Ya, seguro que muchos tienen el pelo así, no debo de ser la única.

-No, solo los nobles tienen el pelo tan claro, es algo de la raza o alguna historia así –dijo-. Al parecer la dinastía Walmon desciende de los elfos, se mezclaron con humanos a lo largo de los siglos.

-¿Desde cuándo sabes eso?

-Desde que me enteré de que querían matar a mi mejor amiga.

Alyson se recostó contra la pared y resopló. Hace una semana ella era una chica huérfana, piojosa y campesina. Hoy era una chica huérfana, piojosa y noble. Se echó un vistazo y puso una mueca de asco. Su pelo, casi blanco, tenía un aspecto horrible por no habérselo lavado desde hace varios días, su piel estaba llena de barro y estaba en los huesos. Su ropa era andrajosa, ni siquiera sabía cómo le duraba de una pieza. Se cogió un corto mechón de pelo y maldijo en voz baja.

-Por cierto, ya me he fijado en que te has cortado el pelo, ¿y ese cambio? –parecía incluso divertido.

-Por si me reconocían, además así es más fácil de ocultar.

-Así, cariño, llamas más la atención.

Se quedaron mirándose, sonriéndose por estar el uno al lado del otro, pero la calma pronto se les fue porque, en cuanto él se comió su trozo de pan, se levantó dispuesto a ponerse en marcha.

-¿A dónde crees que vas, Byron? –preguntó molesta, asustada por la simple idea de moverse de ahí.

-Nos vamos a la montaña, ahí hemos quedado con unos amigos míos, seguro que te caen bien.

-Lo dudo.

-Oh, venga, son rebeldes, ellos llevan buscando años a la princesa.

-¿Por qué?

-Pues para ponerla en el trono y que se haga justicia –se revolvió su cabello oscuro, despeinado como siempre, y le dedicó una sonrisa-. Venga, será divertido.

Alyson puso los ojos en blanco y cogió la pequeña bolsa que había traído. Solo podía pensar que ojalá no se encontraran con nadie por el camino porque iba a hacer el ridículo. Vestía con un hombre, incluso tenía el pecho vendado para que nadie notara que era una mujer. Llevaba puestos unos pantalones viejos de su amigo, que le quedaban algo anchos, una blusa de hombre larga y blanca, y unos zapatos roñosos, que se planteaba tirar por el lago helado. Parecía el hermano de Byron. Pues ambos vestían parecido. Su amigo había venido con sus ropajes campesinos por lo que no llamaba la atención en absoluto.

Salieron de la cabaña y la miró con pena. No quería irse de ahí porque le traía muy buenos recuerdos. Entre esas cuatro paredes mugrientas y humedecidas, los dos habían pasado muchos momentos divertidos, aquella madera tenía mil recuerdos entre sus palos. Aún se acordaba de cuando Byron le regaló una alfombra de tela para poner en el suelo y así estar calentitos. Eran solo dos niños, pero sabían algo. Que siempre iban a estar juntos.

Con mucho pesar, dejó la cabaña atrás y se montó en el caballo de él, pues ella había venido andando.

-Bueno, rubita, cuéntame cómo has pasado estos últimos meses, quiero saberlo todo –le dijo nada más subir a su montura, tratando de hacer el viaje algo más ameno-. Seguro que tienes mil historias.

Y entonces ella empezó a hablar. Le contó que había dos niños nuevos y que eran encantadores, pero que asustaban a la gente porque parecían mini ogros. Le habló de sus visitas a la taberna para hablar con los más mayores de lugar, con los que siempre disfrutaba charlando un buen rato. Y le describió con todo lujo de detalles la fiesta de la cosecha, incluso le habló de los escarceos amorosos. Alyson no podía callar, había echado tanto de menos a su amigo que estaba disfrutando de tenerle junto a él. Le contó todo, incluso la comida que había comido, y le habló de unas chicas que había conocido.

-¿Eran hechiceras? –preguntó, asombrado-. Pensé que lo de las brujas era un cuento de niños.

-Pues no, existen y me lo demostraron.

-¿Te transformaron en conejo?

-No, me hicieron de la nada un vestido precioso.

-Un vestido, cómo no.

Alyson le pegó en la espalda por el tono de burla que había usado y, como ya le había contado todo, se limitó a observar el paisaje.

Ya estaban lejos de la cabaña, a bastantes millas. Se habían internado en el bosque para no estar a plena vista y, cada vez estaba más oscuro. Le daba miedo estar en aquel lugar cuando estaba anocheciendo, había oído un montón de leyendas de monstruos que se comían a los que estaban en el bosque a aquellas horas. La chica se apretó más contra Byron, para sentirse más segura y protegida, aunque esperaba que él no lo notara porque se reiría de ella eternamente. La hierba que pisaba el caballo tenía restos de nieve, que seguramente estaba ahí por el frío que hacía a mucha altura, y es que cada tramo que recorría estaba más y más nevado. Iban subiendo la montaña, al parecer les esperaban en la cima.

En silencio, la chica fue pensando en aquellas historias que le contaban los niños del orfanato. Hablaban de elfos, de duendes e, incluso, de trasgos. Contaban historias horripilantes, a veces ni podía dormir. Tenía tanto miedo de que apareciera uno de ellos. Siempre le habían dicho que eran seres despreciables, que jamás se cruzara con ellos.

Y, en ese instante, tenía miedo de que apareciera uno de ellos.

-Y dime, Byron, ¿con quiénes nos vamos a reunir?

-Ya te lo dije antes, con unos amigos.

-Sí, pero ¿qué amigos?

-Ya te los presentaré, ahora mismo no puedo decirte nada, los árboles oyen.

Alyson quería replicarle pero cuando su amigo le dijo lo de los árboles se le quitaron las ganas.

-¿Y no vas a parar a descansar? Llevamos horas viajando, el caballo va a quedar agotado –le replicó, pues veía lógico que pararan por la noche y siguieran por la mañana.

-No podemos, tenemos que llegar cuanto antes, si paramos podrían encontrarnos.

-Pero…

-Pero nada, no podemos. Y punto.

Ella volvió a quedarse en silencio, y cerró los ojos. Tenía sueño. Necesitaba descansar pero, si él no quería, aprovecharía a recostarse contra su espalda.

Y así lo hizo. Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que era otra vez de día, y que estaba recostada contra un árbol y tapada con una manta. ¿Cómo había llegado ahí? Abrió poco a poco los ojos y miró a su alrededor. A lo lejos vio dos figuras, estaban discutiendo. Cuando los ojos se acostumbraron a la luz, pudo distinguir a Byron pero ¿y el otro?

Se  levantó, aunque se puso la manta a modo de chal, y se acercó a ellos. El desconocido tenía un pelo rubio y muy largo, llevaba unos pantalones algo extraño, con botas altas de cuero, y un carcaj con flechas a su espalda. La voz era cantarina pero tenía un tono de preocupación. ¿Quién era?

-Byron –le llamó, haciendo que los dos hombres se dieran la vuelta-. ¿Quién es él?

El desconocido, al verla se arrodilló y le besó la mano, como un caballero. Ni la miró a los ojos, la trató como a una princesa. Alyson se sonrojó y volvió a mirar a Byron.

-Mi señora, me llamo Tarandil y estoy aquí para servirla y para hacerla recuperar su trono.

-¿Mi trono? –preguntó.

Aún no había podido procesar todo lo que descubrió el día anterior y que un hombre tan guapo estuviera arrodillado frente a ella le incomodaba un poco.

-Vos sois la legítima reina de Saraldor, alteza –dijo, como si fuera lo más normal del mundo-. Y nosotros vamos a ayudarla.

-¿Vosotros?

De pronto, de entre los árboles salieron cientos de hombres. No supo cuánto tiempo llevaban ahí escondidos pero parecían formar parte del paisaje. Eran blancos, su pelo parecía la misma nieve y, sus expresiones, eran frías. Miró a todos y se detuvo en su amigo Byron, que lo único que hizo fue sonreírle y decir:

-Larga vida a la reina.

Todos dijeron lo mismo a coro, sobresaltándola.

-Y ahora, venid a nuestra casa, tenemos mucho de qué hablar.

3 comentarios:

María L.S. dijo...

La idea me gusta. Es curioso lo de que la reconozcan por el pelo. Lo único que veo todo muy precipitado, quizás para lo que quieras contar demasiado. Por lo demás me gusta mucho y la carta del principio en mi opinión es lo qué mejor te ha quedado.
Un abrazo,
María

Emily Broken Rose dijo...

Me ha gustado mucho, cielo. A excepción de algunas comas y ciertas expresiones, tienes un estilo ligero y bastante cómodo de leer. La temática también me ha gustado, para ser tu primer relato de fantasía está muy bien. ¡Elfos al poder! Seguro que con un poco más de práctica, sacarías historias muy amenas y entretenidas :)

Un frío beso

Emily

Gema Vallejo dijo...

(Yo voy poco a poco y en desorden leyendome los relatos jajaja)
La verdad es que lo dejas tan abierto que dan ganas de que continues la historia para saber qué más pasa ;)
Ha habido algunas expresiones que me han hecho arquear la ceja, pero en general me ha gustado mucho, yo creo que si comparamos mi primer relato de fantasía con este, me das mil vueltas jajaja
¡Un besín!