29/12/15

Relato para reivindicando blogger

Hace una semana publiqué en mi blog de relatos algo que escribí para el proyecto de Reivindicando blogger y la verdad es que me gustaría compartirlo con vosotros también, ya que muchos no conocéis ese otro blog y saber lo que opináis de él. El enlace lo tenéis arriba, en otros, pero os lo dejo AQUÍ por si queréis echarle un vistazo. Un abrazo a todos y disfrutadlo.

 Observó su cuerpo inmóvil en el asfalto y, por primera vez en milenios, tuvo ganas de llorar. Sentado esperaba que aquella mujer volviera a respirar y rezó para que sucediera un milagro, algo que hacía tiempo que no esperaba. La última vez que suplicó fue hace muchísimo tiempo pero lo recordaba como si hubiera sido ayer mismo. Sintió un pinchazo en su oscuro corazón y el terror se adueñó de él. Jamás había sentido algo así, tan fuerte que parecía que le desgarraba, y aquello le asustaba. Sentado en un banco esperó a que la ambulancia llegara y la reanimaran. Había llamado, unos diez minutos antes, la dueña de la librería de la esquina pero no se había quedado a esperar. Nadie lo había hecho. Quizás el mundo se había deshumanizado tanto que un muerto más no tenía importancia. Él, desde luego, no pensaba que hoy la vería a ella así, y aunque ya estaba acostumbrado a los muertos por su trabajo esto le afectaba terriblemente.

Había estado meses observándola. Se fijó en ella cuando iba a visitar a un cliente que le necesitaba con urgencia, y cuando la vio pensó que había hecho algo y estaba en el cielo. La mujer en cuestión no era alguien extraordinario. Era bajita, tan bajita que no llegaba ni al metro sesenta, su pelo era un nido de rizos que trataba de controlar con una trenza bastante gruesa, era gordita también, con unas grandes gafas de pasta y aferrada siempre a un libro. Quizás con la prisa que tenía no se hubiera fijado en ella de no ser por aquella expresión. Aquel día, la chica estaba mirando un libro con tanta pasión que sintió algo, una punzada desconocida, y cuando ella se giró para hablar a alguien que ya no estaba y vio esa sonrisa supo que su vida jamás volvería a ser igual. Y así había sido, se había cruzado con ella mil veces pero jamás le veía a él. Nadie podía verle.

Con tristeza, y sabiendo que había llegado la hora, se acercó a ella y se agachó. No quería hacerlo. No podía. Pero debía, era su trabajo después de todo. Se puso de cuclillas y le acarició su frío rostro. Recorrió sus pecas con delicadeza y le acarició la mejilla con un amor que pensó que no podría sentir. Peinó con sus frías manos el cabello de la mujer, que aquel día ella había decidido llevar suelto, y sintió pena porque supuso que se lo había dejado así para alguna ocasión especial. Recorrió su cuerpo con la mirada y cuando iba a poner la mano en su corazón, dispuesto a terminar su tarea, oyó la ambulancia.

Se levantó con rapidez y fijó la mirada en aquel vehículo que llegaba veloz para salvar la vida de la mujer que creía amar. Cuando estaba a punto de llegar hasta ella la duda le asaltó.

— Y si.. podría llevarla conmigo. Estar juntos para siempre —murmuró—. Si vive jamás podrá verme, podría arrebatarle el último aliento de vida que le queda en el cuerpo y...

Se agachó para hacerlo, dispuesto a cometer tal acto egoísta pero algo se lo impidió. Quizás esos sentimientos que le inundaban cada vez que sus ojos se fijaban en ella. Acarició su guadaña, tan fría como siempre, y la dejó en el suelo. Le acarició una vez más y, la besó en la mejilla, con cariño, con delicadeza y con un profundo amor.

—Todavía no es tu momento, Meredith —volvió a coger su guadaña e hizo algo que aquel día, hace tantos años, no se atrevió a hacer—. Algún día nos reuniremos pero aún no —pronunció unas palabras en un idioma desconocido y observó cómo recuperó un poco el color la mujer del suelo—. Hasta entonces, espero que disfrutes de mi regalo.

Estuvo ahí hasta que los de la ambulancia la subieron y se alejaron a toda prisa, desesperados por llegar pronto al hospital más cercano. La muerte sonrió, se bajó la capucha y se dio la libertad de sentir el sol unos instantes. Después, volvió a colocarse aquella máscara de frialdad y se fue. 

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